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martes 3 de noviembre de 2009

Como los ojos del Guadiana


Ahora sí, ahora no.

Definitivamente, mi portátil cascó. Ayer llegó el recambio: el ordenador viejo del pueblo, mi pequeñín, una reliquia del pasado. Y fíjense ustedes cómo será el asunto, que estoy tan desintoxicada de las tecnologías cibernéticas que ni lo he tocado. Por no tener, no tiene casi ni memoria, ni grabador de CD o DVD, ni entradas USB, ni Wi-fi, ni todas esas moderneces a las que ya estamos acostumbrados. ¡Pero me encanta! Tampoco necesito más, he aprendido que no es tan importante. Y me hacía falta, no lo negaré. ¡Tantas horas perdidas!

Así que, como ven, estoy toda feliz con mi chatarrilla.

Por lo demás, sigo apareciendo y desapareciendo. Aprovecho mejor el tiempo, pero aun así este año va a costarme sudor y lágrimas. El curso que viene lo tengo reservado para la aventura Erasmus, que, aunque a veces me asusta, me llama con intensidad desmedida. Me atrae, me insiste. No veo la hora de retarme y abandonarme al futuro. ¡Ilusión!

¡Adelante! A veces desaparecer y volver a aparecer... te hace verlo todo más claro. Sea.

miércoles 7 de octubre de 2009

Corre, que te pillo

Que si léete esto, que si léete también esto otro.
Traduce, pasa apuntes, saca libros, devuelve libros, multa por tardona,
come a toda prisa, reunión, Sala de Alumnos,
mira el horario en la libreta (¿por qué no tendré una agenda en condiciones?),
película a las 8, espera al bus, anda, corre, vuela, no llegas, no llegas, quiero una bicicleta,
¿dónde está mi paraguas?, qué asco de lluvia, la ropa tendida, friega cacharros, limpia el baño,
recoge eso que tiraste ahí ayer, ¡el correo!, a buscar el paquete,
haz la matrícula, cambia la matrícula, paga, no, espera que eres becaria,
búscalo en Conserjería, a mí no me cuentes, bocata de pollo,
¿hablas alemán?, ¿quedamos?,
¡me voy!.

martes 29 de septiembre de 2009

R.I.P.
Ordenador muerto


Dios...

viernes 18 de septiembre de 2009

Adiós, no


Solamente hasta luego. Porque, incluso aunque la despedida sea para siempre, es más fácil pensar que no, que los volverás a ver, más pronto o más tarde. Que sólo es cuestión de tiempo.

No es que la esperanza sea lo último que se pierde. Yo creo que ni nos planteamos perderla, al menos yo. Es esa pequeña chispa que luce al final y que nos guía, pensando que al final, un día de éstos, llegaremos hasta ella, hasta la meta, hasta los sueños, y habremos llegado al final del camino.

Pero no, nunca es el final del camino, por qué establecer un final si lo bonito es ir contemplando el camino. Eso es la esperanza. El beso en la comisura de los labios.

Nunca he tenido fe, ni he sentido nunca la necesidad de tenerla. Me gustan las cosas tal y como son, sin metáforas de la vida. Sin embargo, creo que he descubierto que sí tengo fe en algo: en la esperanza. Como todo, es algo que lleva tiempo. No se consigue de un día para otro. Hay que aprender, observar, diferenciar lo susceptible de esperanza de lo que no lo es.

No se trata de tenerla porque sí. No. Es más sutil, más mental. Muchas veces, las cosas nos salen bien solamente porque pensamos que nos van a salir bien. Si todo fuera tan fácil, todo el mundo sería feliz, claro, pero la cosa es que no es fácil tener confianza en que algo saldrá bien. Tengo unas cuantas anécdotas curiosas, que quizá algún día cuente, de lo esperanzadoras que se tornan las cosas cuando las miras con el ojo bueno.

Así que, ¿por qué decir adiós? No, no, no. Nos estaremos esperando, en algún recodo del camino, como se suele decir. Gastamos menos energía y esfuerzo en buscar que en desesperarse porque no encontramos.

Porque los amigos que hallamos, los de verdad, siempre tendrán un hueco para nosotros en el sofá de sus nostalgias. Y, si somos afortunados... también en el de sus esperanzas.

El cuadro, obra del pintor español Álvaro Reja, se titula "La despedida".

martes 15 de septiembre de 2009

Pentagramas de verano


Así como Madrid siempre cantará al ritmo de Huecco, Ollendorf siempre sonará a Black Eyed Peas, a Shinedown, a Radio Top Forty y a risas y a historias de personas que ya no existen, alrededor de un fuego de campamento.

Suances me suena a Shakira, a aullidos jocosos por la ventana del coche parado, esperando al relevo en la estación de Mortera. Y en Llanes resonará siempre la lluvia sobre la tienda de campaña, hora tras hora. En Barro canta la Durcal con Joaquín Sabina, aunque sólo nos dieron las 9. El autostop suena a tensión, a Melendi y a hospitalidad de Peñafiel, provincia de Valladolid.

Paula suena a Macaco.
Aída suena a Shakira.
César y Paleo suenan a sidra y campurrianas.
Katarina suena a Metallica.
Rafa suena a Pitbull.
Stefan suena a tabaco de liar y frases inconexas.
Aleksandra suena a Carmina Burana.
Peter suena a Camino de Santiago bajo la lluvia.
Jorge suena a trompicones, a través del teléfono alemán de Stefan.
Horsti y Borsti suenan a gruñidos y saludos desde la pocilga.
Carlos suena a preguntas y a coca-cola.

Y yo me pregunto...

¿A qué suena uno cuando se le van los sonidos?


Foto: Órgano de la iglesia de Ollendorf, Alemania.

miércoles 22 de julio de 2009

Cerrado por vacaciones

Toca descansar, pensar, reflexionar, soñar, mirar, descubrir.
Asomada a la ventana.
Y ver, tocar, reír, llorar, añorar, hablar, recordar, redescubrir, luchar, reencontrar.
Disfrutar.

Felices vacaciones.
Nos vemos en septiembre. O en octubre.
O en algún recodo del camino.
Foto: Yirko
Modelo: Zanahoria

sábado 4 de julio de 2009

Mitos de renacimiento y renovación

Dicen que siempre es bueno renovarse, mudar la piel y seguir adelante.

Este año he cambiado mucho, por dentro y por fuera, y aún me queda un largo trecho. Me he atrevido a hacer cosas que me asustaban, he tenido el apoyo incondicional de una personita que ha hecho que todo fuera más fácil (gracias, mil gracias), que me ha animado y mimado, he conocido a una serie de personas que han entrado en mi vida casi sigilosamente y se han convertido en referentes, en amistad. Lo he pasado mal durante un mes interminable, infinito de preocupaciones, de sueños acumulados, de tazas y tazas de café (vaya regalo, la cafetera)... para luchar por una recompensa, por esa ansiada beca que tanto significa.

Si al final el esfuerzo ha merecido la pena, eso lo sabré en septiembre, pero al menos sé de lo que soy capaz cuando quiero algo. Que Botín me oiga.

Y me ha servido para darme cuenta, acabado el curso, de lo diferente que me he vuelto, y de lo mucho que me gusta el cambio. Aún quedan cosas para completar ese cambio, pero el fin del ciclo es inminente. Cambiar está bien. A veces necesitas que alguien te lo diga, y otras veces también se cambia junto a otra persona, el descubrimiento es mutuo, y esperas que no acabe nunca.

Que la vida sea cambio. Siempre.

jueves 25 de junio de 2009

Ya queda poco...

... muy, muy poco.

lunes 18 de mayo de 2009

A Mario, mi Mario


Leerte es quererte.
Dicen que has muerto, pero tu nombre aún brilla con luz propia desde el libro de tapas moradas. ¿Cómo pueden decir que has muerto, si sigues ahí más que nunca? Las letras se entrelazan, forman palabras con fluidez, crean belleza, nacen optimistas.

Me has acompañado en tantos viajes aburridos en tren, en tantos autobuses a las 7.30 de la mañana, en tantos momentos de desaliento y en tantos otros de aprendizaje. Me has enseñado muchas cosas, entre otras que ser feliz no es tan difícil si pones empeño en ello. Y vaya si tú habías puesto empeño. Contra viento y marea, siempre.

Qué sonrisa se que me queda en la cara cuando leo hoy tus entrevistas, oigo tu voz por primera vez en programas de radio. Es como si ya nos conociéramos.

Me enseñaste lo que es la poesía, aprendí a disfrutarla contigo, a darme cuenta de las grandes verdades de tus palabras, de lo que a veces me emocionaba cuando me sentía cercana en experiencias. Me enseñaste que la vida está para manosearla, para estrujarla entre los dedos, para exprimir el jugo y comprobar que realmente estamos vivos y somos felices. Tu pluma me enseñó lo que es sentirse afortunado, libre, dichoso. Quién mejor que tú. Recuerdo una poesía tuya en el corcho de mi habitación. La había puesto ahí para acordarme todos los días, igual que hacías tú con Luz, tu Luz.

Cómo admiro ese optimisto contagioso que eres, ese don de palabra y de alegría que te caracteriza. Juntos aprendimos que vida y poesía van de la mano.

Gracias por eneseñarme tantas cosas. Gracias por no marcharte nunca. Quédate conmigo, debajo de la almohada. Atrápate en mi libro de cubiertas moradas. No me dejes llorarte, nunca.

viernes 15 de mayo de 2009

Felicidad truncada

Seguía repitiéndoselo una y otra vez. Que aquello no podía ser, que debía tratarse de una confusión. De un nefasto y maldito error, pero que sin duda todo se arreglaría. Algo había salido mal, de eso no cabía duda. Quizá hasta había sido por su culpa, ella no lo sabía, pero prefería pensar que nada había ocurrido, que había sido un paso en falso, que maldita la hora en la que puso el pie en aquel pinar.


El teléfono de Tobias comunicaba, no había forma humana de contactar con nadie, parecía que todos se habían evaporado como por arte de magia. Presionaba las teclas del Nokia con obseso nerviosismo, con los ojos surcados por venas de sueño y de dolor. Sudaba sin darse cuenta de que estaba empapando aquel camisón demasiado pequeño para ella, que le habían dado en la recepción del hotel. Tobias seguía sin dar señales de vida. Juró matarlo una y mil veces, le dejó mensajes en todos los idiomas que podía chapurrear y estrujó el móvil entre sus dedos, como pensando que aquel cacharro era el causante de todas sus desgracias.


Se echó en la cama, pero incluso la cama estaba húmeda de sudor caliente, compulsivo, helado de miedo. Cerró los ojos haciendo presión y se concentró en no pensar en nada, pero cuanto más lo intentaba, más recuerdos negros afloraban a su memoria. Trató de ahuyentarlos, pero los demonios volvían cada vez con fuerzas renovadas, echándole en cara todo de lo que se avergonzaba.


Rajó la almohada pensando en todo lo que había abandonado, desperdigó las plumas de rabia por toda la habitación mientras rememoraba todos aquellos besos en la estación, todas aquellas manos que decían adiós mientras ella trataba de demostrar que allí era la valiente, la decidida, la que traería risas y esperanza de nuevo. Gritó ahogándose entre los plumones, sintiendo que les había traicionado a todos y cada uno de ellos, que no habría risas, ni esperanza, ni besos.


Logró llegar al baño y se miró la cara enrojecida, dañada, cubierta de rasguños. Apenas recordaba más de lo que quería recordar, lo único que sabía era que después había despertado en su cama del hotel, casi desnuda y sin bragas, avergonzada, magullada, herida en lo más profundo. Ultrajada.


No sabía dónde había quedado la tierra prometida, el contrato de trabajo, su pasaporte que no aparecía, aquellas bragas negras con la flor rosa que su madre le había cosido para que le diera suerte y el lazo amarillo que su marido había besado y añadido a modo de broma. No sabía dónde habían dejado tirada su dignidad, quizá en algún lugar de un pinar oscuro y sediento, a más de 2000 km de la felicidad. En todo caso, no volvería.


Pero a pesar de todo, seguía repitiéndose una y otra vez que aquello era un error, que se resolvería todo dichosamente y pronto comenzaría a trabajar de camarera o recogiendo la fresa, que recordaría aquello como un capítulo oscuro de su vida y que después sería feliz con los suyos, que no habría más adioses en la estación y que sería capaz de mirarse sin ver aquellos fantasmas que sobrevolaban el cadáver de su inocencia.


Imagen: Yirko